Muy agradecido a los seguidores de este blog, os informo de que termina esta experiencia a la par que acaba el año. La noche que viene es la de los grandes propósitos, ya sabéis, y uno de los míos consiste en ... digamos que administrar mejor la aceleración del tiempo. Ojalá se cumpla esta aspiración y también todas las vuestras. Gracias.

Julio.

Nochevieja de 2013.


jueves, 21 de octubre de 2010

Oro puro, incuria clamorosa









Una de romanos.
Gladiador
Ahora somos libres. (*)
Lisa Gerrard.






Después de casi 2.000 años, los canales que condujeron agua desde los heleros del Pico Nevadín hasta las explotaciones auríferas del Ouchadoiro, en los montes de Rabanal, se deformaron mucho. Los cauces, sus revestimientos, defensas y contrafuertes están muy desdibujados pero aun son identificables de extremo a extremo porque, durante tantos siglos, fueron utilizados como como sendas de ganado y aún hoy son ruta de paso habitual. Vegetación, incendios, riadas, deslizamientos del terreno, aludes, heladas, todo condujo a que el cauce primitivo sea hoy una sucesión de altibajos con lo que es difícil concebir que, hace dos milenios, los canales tuviesen pendiente constante, milimétricamente calculada por medio útiles -dioptras, chorobates- desarrollados con el conocimiento de topografía y dinámica de fluidos de la avanzada ingeniería romana. Afortunadamente -pensamos hoy- hubo pasos complicados que requirieron la excavación del cauce en roca viva. Esos tramos aun son perfectamente reconocibles.



Hay unos cuantos canales paralelos que vienen desde las faldas del Nevadín por la solana del valle de Salientes y por la umbría de los Rabanales. En su época se llamaron corrugi y, siglos después, muchos fueron bautizados con el nombre de La Antigua o la senda antigua.
 

Alrededor del Nevadín, en los vallejos que vierten al valle de Salientes y a gran altura, se ven los bocados arrancados al monte por las explotaciones. También se aprecia la huella de varios canales y balsas de retención en esta vertiente y en la del valle de Laciana.

En el mismo lugar donde queda la huella de una explotación romana, está la mina del Rabón que fue calada -acaso continuada- hace solo un siglo por el relojero Ricardo García, de Villablino, gran aficionado a la geología, mineralogía y arqueología. Su pariente, el fraile agustino César Morán, escritor y celebrado etnógrafo omañés, publicó en el libro Por tierras de León el resultado de los análisis efectuados por la Escuela de Ingenieros de Minas a una muestra tomada y al parecer bien elegida en esta veta el Rabón, resultando que contenía 30 gramos de cobre por tonelada, 44 de antimonio, 34 de oro y 318 de plata.


La galería rezuma agua por todas partes y bajo el líquido gélido, estancado e impoluto,  el sedimento contiene infinidad de partículas  brillantes, óxidos y sulfuros, las piritas que llaman el oro de los tontos. Las manos que remueven el barrillo, cuando secan al sol, parece que hubieran recibido un baño de oro.
  
Al parecer, algún aventurero alemán también probó fortuna aquí después de que lo hiciese el relojero. Aun quedan vestigios de algunos artilugios empleados para triturar la piedra.
El valle de Laciana desde Trasmundo y el Alto de Salientes. Al fondo, Villablino.

Este bosque del abesedo de Laciana es un grandísimo tesoro, es la verdadera olla de oro que guarda esta comarca, un santuario a proteger por todos los medios y a disfrutar de un modo consciente, juicioso y responsable.  
Es lamentable ver cómo todo el patrimonio arqueológico de los montes de Rabanal, brañas, canales y minas de oro, se deteriora a marchas forzadas por el poco interés que despierta y el abandono que sufre. Hay en la región parques temáticos que rentabilizan la huella de la minería aurífera romana teniendo evidencias mucho más escasas y menos llamativas que las de Rabanal y Salientes.
Ya que el patrimonio arqueológico no se valora, al menos habría que proteger estos montes del abesedo de Rabanal dada su belleza e inmensa riqueza y calidad biológica. Por el camino de La Escrita, por la cabecera de la Brañina y por el alto de Salientes son visibles huellas abundantes de neumáticos de motocicleta y también de los temibles quads.
Los mismos profesionales que cada cuatro años anuncian la solución para todos nuestros problemas mediante Paradores, Ponfeblinos y demás gaitas, favorecen la destrucción del capital natural y el patrimonio histórico no sé si por desidia, desconocimiento, necedad, desaprensión o un mix (palabro que últimamente les encanta cujando pontifican sobre combustibles) de todo ello.

(*) ¡Já!





4 comentarios:

María del Roxo dijo...

Magnífica entrada. Y luego dirán que "no hay alternativas a la minería del carbón"...

Alto Sil dijo...

Dentro del numeroso grupo de empresas de Victorino ¿no hay alguna de extracción de oro? Porque el tipo sería capaz de arrasar el bosque para buscarlo. Eso sí, las obras empezarían sin licencia de ningún tipo, nadie diría nada desde la administración, y la madera de los árboles talados la comercializaría él, como ya hizo años atrás con una empresa maderera de su propiedad; además, madera con coste cero.

Dijeron unos biólogos expertos que vinieron a Laciana hace unos años que los abedulares de la comarca son de los mejores de Europa. Pero es como si no existieran. Por eso mismo no pasa absolutamente nada cuando alguien construye una casa en medio de los prados de Bucimeda...

Groucho Marx dijo...

Mientras siga la cantinela de "el carbón tiene futuro" y el parador -ahora con enmiendas-, la niebla seguirá tapando todo, y a pesar del esplendor dorado de esos bosques en otoño, mientras el mundo apunta a la luna, ellos siguen mirando el dedo.

Groucho
nostalgiayeso.blogspot.com

Xistréu dijo...

Algo de bueno tiene este mundo bloggero que nos permite comunicarnos y a la vez mostrar nuestras opiniones e ideas. A lo mejor encomiendan a algún allegado como rastreador de blogs, en busca de esas alternativas que tanto demandamos algunos, y les da por copiarlas, ponerse a estudiarlas y tirar p'alante.
Bien pensado, no creo que se les ocurra, además están muy condicionados por la chapuza, el feismo y lo hortera, como para que se imaginen una obra bien hecha.
De todas formas, poco más de cuatro trogloditas impidieron allá por los 80 que Luis de cOlmo construyera un restaurante cerca de la Cuevona de Las Médulas, y ahora figura como el principal artífice de su designación como Patrimonio de la Humanidad.
Es mejor dar ideas.